En el marco de las masterclasses de Winexperts Global, tuvimos la oportunidad de conocer en profundidad la historia, la filosofía productiva y la estrategia internacional de Altos Las Hormigas, una bodega argentina que desde hace más de tres décadas ha construido su identidad alrededor de una premisa fundamental: el vino debe ser capaz de expresar el lugar de donde proviene.
La masterclass estuvo a cargo de Estefanía Litardo, profesional con una extensa trayectoria en la industria vitivinícola y vinculada a Altos Las Hormigas desde 2004. A lo largo del encuentro, los participantes pudieron recorrer la evolución de la bodega, sus decisiones agronómicas y enológicas, su trabajo con variedades autóctonas, la investigación de los suelos mendocinos y la estrategia que le ha permitido posicionarse en mercados internacionales.
Más que conocer una bodega, la experiencia permitió comprender cómo una visión de largo plazo puede convertirse en una verdadera estrategia de diferenciación dentro de la industria del vino.
Una historia construida alrededor de la identidad argentina
Altos Las Hormigas nació en 1995, fundada por un grupo de agrónomos y enólogos italianos, entre ellos Alberto Antonini, con la intención de explorar el potencial de Argentina y, especialmente, de sus variedades y territorios.
Desde sus comienzos, la bodega apostó por el Malbec como una variedad capaz de representar la identidad vitivinícola argentina, pero también desarrolló una mirada particular sobre otras cepas, entre ellas la Bonarda.
La historia de la bodega se desarrolló en paralelo con un proceso de transformación de la industria argentina. Después de la crisis económica de 2001, Argentina intensificó su búsqueda de mercados internacionales y el vino se convirtió en uno de los productos con mayor potencial de posicionamiento global.
En ese contexto, el Malbec comenzó a ocupar un lugar central en la comunicación internacional del vino argentino.
Altos Las Hormigas ya trabajaba con Malbec desde 1995 y posteriormente desarrolló un proyecto específico alrededor de la Bonarda, cuya primera cosecha formal bajo la etiqueta Colonia Las Liebres Bonarda llegó en 2003.
La apuesta no fue simplemente producir vino para exportar, sino construir una narrativa alrededor del territorio, las variedades y la cultura gastronómica argentina.
El suelo como protagonista
Uno de los grandes ejes de la filosofía de Altos Las Hormigas es la búsqueda de una expresión cada vez más precisa del terroir.
En 2006 se incorporó al proyecto el doctor en suelos Pedro Parra, cuya investigación permitió profundizar el conocimiento de los diferentes perfiles geológicos de Mendoza.
Las comparaciones entre los suelos de Luján de Cuyo y los territorios italianos vinculados al Chianti, así como entre determinadas zonas del Valle de Uco y Brunello di Montalcino, ayudaron a comprender el potencial del Malbec para transmitir características particulares del lugar donde es cultivado.
A partir de esta mirada, el viñedo dejó de entenderse simplemente como el espacio donde se cultivan uvas y pasó a convertirse en el punto de partida de la identidad del vino.
Esta filosofía llevó a una conclusión determinante: si el objetivo es expresar el suelo, la elaboración debe intervenir lo menos posible sobre esa expresión.
Agricultura orgánica y biodiversidad
El compromiso con la sostenibilidad no se limita a una certificación. En Altos Las Hormigas, la agricultura orgánica forma parte de una filosofía de trabajo que busca preservar la salud del ecosistema del viñedo.
La finca principal de Luján de Cuyo cuenta con aproximadamente 200 hectáreas, de las cuales alrededor de 100 están plantadas y el resto conserva vegetación autóctona.
El proyecto Jardín de Hormigas, ubicado en Paraje Altamira, en el Valle de Uco, posee alrededor de 55 hectáreas, con unas 35 hectáreas plantadas.
La producción cuenta con certificación orgánica desde 2010 y posteriormente incorporó otras certificaciones relacionadas con sostenibilidad, producción vegana y productos libres de gluten.
Pero uno de los aspectos más interesantes abordados durante la masterclass fue comprender que la agricultura orgánica también implica enfrentar desafíos concretos.
En el clima desértico de Mendoza, por ejemplo, la hormiga argentina puede convertirse en una amenaza importante para las plantas jóvenes. En lugar de recurrir a agroquímicos, la bodega utiliza preparados naturales elaborados a partir de hierbas amargas, como ruda y ajenjo, para proteger las plantas durante sus primeros años de desarrollo.
Este tipo de prácticas demuestra que la sostenibilidad en vitivinicultura requiere conocimiento, observación y adaptación al ecosistema.
Más biodiversidad, menos intervención
La filosofía agrícola de la bodega se resume en un concepto especialmente significativo: mínima intervención en el vino y máxima atención en el viñedo.
El trabajo apunta a fortalecer la biodiversidad mediante policultivos, coberturas vegetales y el cuidado de la vida biológica del suelo.
Esta estrategia también permite enfrentar mejor los desafíos derivados de la variabilidad climática y de fenómenos como El Niño y La Niña.
La mirada regenerativa se vuelve especialmente visible en Jardín de Hormigas, donde las plantaciones fueron diseñadas de manera asimétrica, siguiendo las características del suelo y utilizando grandes rocas aluvionales como delimitación de las parcelas.
La plantación en pie franco y mediante selección masal refuerza además la búsqueda de una viticultura vinculada al territorio y a la diversidad genética de la vid.
En este sistema, las plantas, los microorganismos, las raíces, la flora y la fauna forman parte de un mismo ecosistema.
El «funeral de la barrica»: cuando la innovación significa quitar
Uno de los momentos más llamativos de la historia de Altos Las Hormigas ocurrió en 2012.
La bodega tomó una decisión que implicaba alejarse de una práctica ampliamente asociada con los vinos de alta gama: el uso de barricas nuevas de roble tostado de 225 litros.
La decisión fue denominada simbólicamente «el funeral de la barrica».
El objetivo era evitar que los aromas y sabores provenientes de la madera dominaran la expresión de la fruta y del suelo.
En su lugar, comenzaron a utilizar fudres de roble neutro, sin tostar, de aproximadamente 3.500 litros.
La filosofía podía resumirse en una idea sencilla:
Más fruta, menos madera.
Posteriormente, esta búsqueda de pureza llevó también al desarrollo de vinos sin paso por madera, como Jardín de Hormigas Meteora.
La innovación, en este caso, no consistió en incorporar más tecnología o más elementos al proceso, sino en preguntarse qué era necesario retirar para que el vino pudiera expresarse mejor.
Cemento, fudres y levaduras indígenas
La búsqueda de una expresión auténtica del terroir también se refleja en las decisiones de vinificación.
La gama de entrada se trabaja en acero inoxidable, buscando preservar la expresión frutal. Para determinados vinos provenientes del Valle de Uco se utilizan piletas de cemento sin revestimiento de epoxi, mientras que los fudres de roble neutro permiten una evolución sin aportar una marcada impronta de madera.
La bodega también trabaja con levaduras indígenas, provenientes de la propia piel de la uva.
Otro elemento fundamental es la búsqueda del momento adecuado de cosecha.
La vendimia se realiza procurando trabajar con niveles de azúcar de aproximadamente 22 a 23 grados Brix, buscando obtener vinos con graduaciones alcohólicas moderadas, generalmente entre 13% y 13,5%.
Así, la técnica se pone al servicio de una idea mayor: preservar el equilibrio y la identidad del lugar.
Luján de Cuyo y Valle de Uco: dos territorios, múltiples expresiones
Durante la masterclass también se profundizó en la geografía vitivinícola de Mendoza y en la importancia creciente de las Identificaciones Geográficas.
El trabajo de Altos Las Hormigas se desarrolla principalmente en Luján de Cuyo y en diferentes sectores del Valle de Uco, incluyendo zonas como Paraje Altamira y Gualtallary.
El Valle de Uco, integrado por los departamentos de Tupungato, Tunuyán y San Carlos, se ha convertido en uno de los territorios argentinos con mayor reconocimiento internacional.
La diferenciación de sus suelos, alturas, temperaturas y condiciones climáticas permite construir una vitivinicultura cada vez más orientada hacia la expresión de pequeñas unidades geográficas.
En este contexto, las Identificaciones Geográficas adquieren un papel fundamental para comunicar al consumidor que detrás de una botella existe un territorio específico.
Una logística al servicio de la calidad
Trabajar con viñedos ubicados en diferentes regiones también plantea desafíos operativos.
Toda la vinificación se concentra en la bodega de Luján de Cuyo. Por esta razón, las uvas provenientes del Valle de Uco deben recorrer aproximadamente 100 kilómetros.
Para preservar la calidad de la fruta, el transporte se realiza durante las primeras horas de la mañana o durante la noche, evitando las temperaturas más elevadas.
Este detalle permite comprender algo fundamental: la calidad del vino no depende únicamente de la viticultura o de la enología, sino también de la logística y de cada decisión operativa que ocurre entre el viñedo y la bodega.
Competir globalmente sin competir por volumen
Uno de los grandes aprendizajes de la masterclass fue la estrategia comercial de Altos Las Hormigas.
Argentina enfrenta dificultades para competir en determinados segmentos de precios bajos, especialmente frente a países productores capaces de trabajar con grandes volúmenes y costos altamente competitivos.
En lugar de entrar en una guerra de volumen, la bodega decidió construir su posicionamiento sobre otros pilares:
- Calidad.
- Identidad.
- Diferenciación.
- Fidelidad del consumidor.
- Recompra.
- Expresión del territorio.
- Sostenibilidad.
La producción anual se mantiene por debajo del millón de litros, priorizando el control de los viñedos propios y una filosofía productiva de menor escala.
Esta estrategia ha permitido desarrollar presencia en aproximadamente 45 mercados internacionales, con vinos que alcanzan precios muy diferentes según su segmento y posicionamiento.
Algunas etiquetas pueden encontrarse alrededor de los 10 dólares en determinados mercados, mientras que vinos de alta gama como Los Amantes pueden alcanzar valores de 200 o 300 dólares en mercados internacionales.
La enseñanza es clara: una bodega no necesariamente necesita producir más para crecer; también puede crecer aumentando el valor percibido de lo que produce.
El vino como alimento, cultura y territorio
La masterclass también abrió una conversación sobre uno de los grandes desafíos actuales de la industria: la disminución del consumo de vino en diferentes mercados.
Frente a esta realidad, resulta fundamental recuperar la dimensión cultural del vino.
El vino no es únicamente una bebida alcohólica. Es el resultado de un proceso de fermentación milenario y forma parte de la historia agrícola, gastronómica y cultural de numerosas sociedades.
Por eso, comunicar vino implica también comunicar territorio, gastronomía, productores, tradiciones y formas de vida.
Esta mirada adquiere todavía mayor relevancia cuando se conecta el vino con productos regionales: quesos, hongos, ostras, langostinos, pacú o trufas cultivadas en Argentina.
La gastronomía regional se convierte así en una herramienta para construir nuevas experiencias de consumo y fortalecer la identidad de los destinos vitivinícolas.
Del viñedo al mundo
La trayectoria internacional de Altos Las Hormigas demuestra cómo una bodega argentina puede construir reconocimiento global a partir de una identidad profundamente local.
La empresa ha desarrollado mercados en América Latina, Estados Unidos, Europa y Asia, y sus vinos pueden encontrarse en destinos como Roma, Toscana, Barcelona o Logroño.
El reconocimiento internacional también ha acompañado este recorrido. La bodega ha logrado aparecer durante cuatro años consecutivos en el Top 100 de Wine Spectator, y algunos de sus vinos han alcanzado las máximas calificaciones de la crítica internacional.
Sin embargo, detrás de estos reconocimientos existe una estrategia consistente: conocer profundamente el territorio, desarrollar una identidad propia y comunicarla al consumidor global.
Una mirada hacia el futuro del vino
La experiencia compartida por Estefanía Litardo durante la masterclass dejó una reflexión especialmente valiosa para quienes se están formando en la industria vitivinícola.
El futuro del vino no necesariamente estará determinado por quién produzca más, sino por quién sea capaz de crear mayor valor a partir de su identidad.
La sostenibilidad, la biodiversidad, la investigación de los suelos, la recuperación de variedades, la innovación enológica y la construcción de marcas internacionales no son caminos independientes.
Forman parte de una misma estrategia.
El caso de Altos Las Hormigas demuestra que es posible mirar hacia el futuro sin perder de vista el origen. Que la innovación puede consistir en recuperar prácticas, reducir intervenciones o escuchar con mayor atención lo que el territorio tiene para decir.
Y, sobre todo, que detrás de cada botella existe mucho más que vino: existe una historia, un paisaje, una comunidad y una decisión sobre qué identidad queremos llevar al mundo.
Formación que conecta conocimiento e industria
En Winexperts Global creemos que la formación vitivinícola debe ir más allá de los contenidos técnicos. Conocer experiencias reales de bodegas, profesionales y referentes de la industria permite a nuestros estudiantes comprender cómo se toman decisiones en el mundo del vino y cuáles son los desafíos que marcarán el futuro del sector.
Masterclasses como esta nos permiten acercar el aula a la industria y generar espacios de aprendizaje donde viticultura, enología, sostenibilidad, comercialización, gastronomía y negocios se encuentran.
Porque formar profesionales del vino también significa prepararlos para comprender el territorio, interpretar los cambios del mercado y construir el futuro de una industria que tiene cada vez más historias para contar.
